Por qué amo el idioma

Por qué amo el idioma

“Y pudiendo ser rico, preferí ser poeta…

-y después?

He preferido, como todos, y he amado.

-mucho?

Lo suficiente para ser perdonado…”

                               Amado Nervo

 

El arte del poeta es saber dibujar con las palabras. Saber combinar sus colores, sus formas y sus sabores…pero este arte, que puede ser natural, puede también adquirirse. Poeta se nace…y también se hace.

Sean la poesía o la prosa lo que haya en la paleta, es posible –y necesario- pulir las herramientas expresivas, los modos, los giros, las estructuras gramaticales con que se pretende dar expresión a una idea.

¡Y la ortografía! Porque aunque mi queridísimo Gabo haya propuesto “jubilar la ortogafía” y Don Benedetti no emplee puntos ni comas, allí están las normas ortográficas y de puntuación para colaborar en nuestra expresión escrita…y es que, al fin y al cabo, es todo cuestión de comunicar.

Inevitablemente, comunicamos con el gesto, con el tono, con la postura, con el peinado, la vestimenta y hasta con la insistencia con que pulsamos el tímbre…

Comunica nuestra ropa, el peinado que usamos, los colores que preferimos, comunica nuestra mirada. Pero, ¿realmente somos conscientes de todo lo que “decimos” de esta manera? ¿Y estamos seguros de que se interpreta exactamente lo que queremos decir?

Aunque sólo se asigne a la palabra el 20% de la comunicación, ese 20 es el oro con que llegamos al mercado de la comunidad, es donde ponemos mayor intención consciente y, principalmente, lo que podemos poner por escrito, evitando así “que se lo lleve el viento”. Ahora, esas perlas, bien pulidas, van a valer realmente mucho más, van a ser más fieles a nuestro pensar y a nuestro sentir.

Y esto se practica, se observa, se mejora y se optimiza para que esas palabras nos representen sin temor a equivocarse. El arte tiene una pizca de inspiración y una tonelada de aplicación…técnica…estudio…reflexión…y entusiasmo.

A mí me entusiasman las palabras, me gustan, me inspiran, me llaman. Son piedras que brillan a la orilla del río y me brindan su música, sus formas y su magia para que yo tienda con ellas la urdimbre, el puente, el lazo. Cada palabra me parece un pequeño mundo que encierra sus múltiples significados, que trae consigo las marcas de su devenir en la historia del idioma, sus conquistas logradas a fuerza de coraje, de intención, incluso de desesperación.

La palabra ha viajado en el filo de la espada, en los morrales de los aventureros y precursores, en los labios de los enamorados, en los balbuceos infantiles y en las canciones y cuentos que animaron miles y miles de noches, que consolaron  miedos y que conjuraron fantasmas.

Ya lo sabía León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos…

Y saber todos los cuentos es posible si se encuentra la llave para domar las palabras. Ellas se dejan llevar por la música que ellas mismas componen y le dan luz a la vida. Le dan cuerpo a la emoción. Y la visten “para que se presente en la escena del mundo” con nuestro nombre como bandera.

Obviamente, todo esto se choca con una idea que ya debe haberse colado entre mis palabras, mientras veías con un poco de extrañeza toda esta declaración de amor hacia el idioma que “nos dejaron los conquistadores torvos” de Neruda. Y es que es raro que, después de pasar años sufriendo literalmente la sintaxis, la semántica (¿seman…qué?) y la gramática…sudando con la retórica y observando los vuelos lingüísticos desde la tierra yerma de la incomunicación, haya tanta gente que dice odiar (sí, odiar) toda esta teorización indomable….

Cuántas veces veo blanquearse los ojos cuando la menor mención a la gramática parece cortar los lazos que debieran ser su trabajo más elemental. Las palabras que están destinadas a unirnos, a encontrarnos, a comunicarnos….logrando todo lo contrario.

“Odio la gramática….” frase que se me ha clavado tantas veces en el corazón y que desanudaré desde aquí  para que ya no sea un bloque, sino un lazo. Y nos reúna en ese abrazo que nos merecemos, por ser los herederos del fuego que Prometeo nos trajo desde el cielo.

 

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