El hablante del idioma y el diálogo cotidiano

Todo hablante del idioma tiene, quien más, quien menos, la capacidad suficiente para desenvolverse en un diálogo cotidiano. Cualquier aclaración cuenta con la fluidez de la charla para llegar a una comprensión mutua, mal que desmienta ésta afirmación, la cantidad de malos entendidos que se suscitan a diario…

Baste mencionar mi profesión para que mucha gente (de verdad, mucha), se disculpe por “las faltas de ortografía que debe haber cometido durante la charla” (¿¿??), como si cada profesor estuviera atento a cómo habla o hace cuentas, o mide o clasifica su interlocutor, cada kinesiólogo a cómo se paran sus compañeros de vagón en el tren o cada locutor opinara sobre la propaladora de la terminal.

Como contrapartida, el mismo hecho de dedicarme a la revisión y corrección de textos hace que esa misma gente desarrolle una confianza tal que me confían sus textos como quien pone a un hijo en manos de un médico. Ha habido gente que me ha provocado verdadera emoción contándome que sólo a mí confían sus producciones, con lo cual me generaron más responsabilidad y más preocupación por la delicadeza con que trato a sus obras o genero mis sugerencias.

Y es que este oficio viene con una lupa enorme para detectar pequeñas marquitas incomprendidas que pueden cambiar todo un mensaje:

“No tenga piedad.

No, tenga piedad”, dice el maestro de español de la serie catalana Merlí y, con esa simple muesca de tiza de la coma, convence a todo su alumnado de que el verdugo al que se da la  indicación puede cometer un error…fatal.

Es cierto, después de todo. Vayan algunos ejemplos:

   Y no llegamos.

   Y no, llegamos.

   ¿Y? No llegamos.

   ¿Y? ¿No llegamos?

“Signos, mi parte insegura…” decía Ceratti. Y nada mejor para tomar de apoyo en la expresión que la variedad de signos con que nos ayuda el idioma.

Cada uno tiene una serie de funciones específicas y algún equívoco en el imaginario popular, las más de las veces generado en la interpretación temprana por las aulas. Así, la mencionada COMA sirve para separar las partes de una enumeración (Juan, Pedro, María), pero NO es su función obligar a una pausa en la lectura, sino al revés: que aparezca obligará a la pausa, pero será por una cuestión de comprensión -y para tomar aire, claro.

El PUNTO Y COMA (el punto se ubica SOBRE la coma, y no a su lado, por favor) es un escalón más en el oficio de la separación de proposiciones, que continúan un  mismo tema y significa casi una toma de conciencia en el idioma: son raros los escritores que lo usan, pero que los hay, los hay.

El PUNTO las tiene más a su favor, sin rebordes tangueros, pues la literatura de vanguardia lo ha puesto a trabajar, mientras le dio unas (in)merecidas vacaciones a la COMA.

Y los signos de interrogación y exclamación sufrieron la economía impuesta por las lenguas extranjeras (el español es el único idioma que los abre y los cierra) y de las redes sociales, siempre tan ahorrativas de caracteres…

Hay un movimiento incesante en el idioma, pues es una lengua viva que se retroalimenta al correr de los siglos, pero me reconozco amante de sus formas más puras, sin caer en el uso arcaico, cuando eso lo vuelve rancio. De cualquier modo, “el cliente siempre tiene la razón” y es ley el concenso antes y durante la corrección y la conformidad por la tarea realizada y justificación de cada cambio, como debe ser.

Corregir un texto es como pulir un cristal. Debe brillar por sí, pero ser lo suficientemente transparente como para dejar ver lo que discurre a través suyo. La tarea del corrector es importante, pero es una tarea ejercida en las sombras, el verdadero protagonista es quien escribe.

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